EL AMANTE FANTASMA – FERNANDA MELLVEE

Traducido por Juan Ignacio Sunde.

Días antes del casamiento, ella concordó con la única exigencia del marido, incluso considerándola desubicada: pediría la renuncia. En el  intervalo entre las comidas, ella se esmeraba en arreglar los pequeños cuartos, aunque no hubiese tiempo para cualquier resquicio de desorden.

En las vísperas de cumplir un año de unión, la pareja se mudó para una casa más espaciosa, – Tres habitaciones, hasta con dependencia para la empleada. – Como la esposa repetía orgullosa, sin importarle la vista melancólica de la placita abandonada. La residencia poseía, también, la ventaja insuperable de haber sido comprada por un valor mucho menor de lo esperado y, aunque necesitando de reformas, el nuevo hogar estaba hecho a medida para la realización del sueño de la casa propia.

– Es el lugar perfecto para criar a los hijos. – La esposa no se cansaba de afirmar frente al marido, mientras él exaltaba las medidas del terreno: – Se puede hacer  un jardín o hasta un pomar.

Ni el silencio de las visitas resonando entre las tablas acribilladas por termitas desanimaba a la pareja. ¡Qué reforma harían! Tendrían trabajo, pero también tendrían la mejor casa.

El marido se enorgullecía de la tranquilidad del vecindario: – hay días que no pasa un alma por aquí.

El hombre estaba pleno de felicidad, aquella alegría juvenil frente al “felices para siempre”. El pasaba los días en casa, convirtieron uno de los cuartos en un pequeño escritorio donde revisaba sus notas envuelto en una paz de monje. El trabajo solitario era tan provechoso que  cada día era posible terminarlo más temprano, para atender la invitación del  sofá viejo y blando en el rincón dela sala.

La esposa se dedicaba a encerar el piso, pues la madera vieja necesita de mucho esmero para brillar como nueva. Aprovechaba los días soleados: – Patio grande, bueno para secar ropa. – a veces se abandonaba entre las toallas y camisas flameantes sobre la claridad, para sentir en el  rosto el sol y el viento. – hay bastante que hacer en la casa nueva. – Se consolaba cuando pensaba en las salidas al cine y los paseos de fin de tarde que dividían el mismo territorio del pasado con el departamento de un cuarto en el centro de la ciudad.

El marido, ajeno a las cosas que no eran números y notas, no sentía el frio de la sala. El olor mohoso del papel de pared del escritorio no lo molestaba, siempre que el sofá estuviese en su debido lugar, y sobre él, la manta  raída y acogedora, heredada de la cama de soltero. Los años pasaban. Los hijos no venían.

–¿Quién sabe, si yo consiguiera un empleo, tu no tendrías que estar tan sobrecargado? – Preguntó la mujer sirviendo el café al marido de mirada cada vez más lejana.

– ¿Tú tienes marido para qué? Yo no estoy reclamando de nada.

– Yo solo quería ayudarte más.

 – Tú me ayudas dejándome terminar con esta pila de notas sobre la mesa.

Las tazas fueron recogidas y lavadas, y con ellas fue guardando la idea de salir de casa y de tener alguien con quien conversar.

– ¿Tú no vienes a dormir?

– Pasé todo el día sobre aquellas notas, preciso distraerme. Después de la película voy.

Y el “buenas noches” de la esposa quedó sin respuesta, como todos los otros.

El sol ya se escondía cuando la mujer oyó unos pasos detrás de los suyos por corredor. No eran las chinelas arrastradas de su marido. Sintió una respiración suave, muy cerca de la nuca. Se dirigió de prisa hacia el cuarto, con los ojos cerrados, para abrirlos después de estar segura que la puerta estaba cerrada. Fue entonces arrastrada por una corriente de aire más fuerte que el viento entubado que todas las mañanas tumbaba los portarretratos de la sala, e se vio tirada sobre la cama. Sintió las sábanas deslizándose  sobre su cuerpo. ¿Y si el crujir de los elásticos del colchón sacara del sueño al marido? Ella pedía, rezaba para que no se despertara, para que no terminara.

Ya había anochecido cuando la esposa percibió que estaba sola otra vez. Un golpe seco sobre la madera de la puerta anunciaba la salida. En la sala, la radio alertaba que eran seis y media.

 – ¿Que tendremos para la cena? – Preguntó el marido, apenas la  esposa se aproximó de la puerta del escritorio, alisando su falda con las manos.

Bendita era la siesta de todas las tardes, la esposa ya no echaba de menos tener a alguien que la escuchara. Él la escuchaba con atención cuando ella contaba como había hecho para remover la mancha de vino de un mantel blanco, o la manera correcta para mantener las ollas siempre brillantes. Ella bebía cada palabra sobre la vida después de la a muerte. – Estoy muerto, pero  muy vivo. ­– Decía él, malicioso. Aunque no pudiera verlo, ella sabía que una voz tan dulce solo podía pertenecer a un rostro magnífico. Un amante fantasma era mucho mejor que un marido letárgico.

De a poco, el marido comenzó a notar los cambios que la esposa demostraba. La mujer estaba más alegre y relajada, el almuerzo a veces se atrasaba y el café era servido casi siempre recalentado. Una tarde, después de una o dos preguntas sin respuestas, vino el  ultimátum: – ¿Tú tienes un amante?

 – ¿Tú sabes que yo paso el día entero encerrada en esta casa? Solo si yo tuviera un amante fantasma. – Ella se contuvo la risa.

A partir de entonces, el trabajo en el escritorio terminaba cada día más temprano y el marido revisaba sus notas con la puerta abierta. El sueño de las tardes lo abandonó súbitamente, a pesar de beber los tés de manzanilla que  insistente la esposa le ofrecía después del almuerzo. El día en que el hombre necesitó ir al centro de la ciudad para pagar las cuentas del mes, la mañana fue corta para tantas nostalgias. Fueron muchas promesas de amor eterno, pues la eternidad para un fantasma es cosa fácil de  cumplir.

– Voy a vivir contigo. – Ella decidió, sonriente y determinada.

– ¿Cómo?, si yo no estoy vivo? – El amante ponderó.

– ¿Tú quieres decir entonces que no vas a aceptarme, cuando yo estoy dejando todo por tu causa?

– Vamos a dejar todo como está. Tu marido se cansará pronto de ser un vigilante.

– Para ser tu amante yo sirvo. Yo que pensé que tú eras diferente, que me llevarías muy lejos de aquí. ¡Cómo fui idiota! – Llorosa, aunque decidida, ella continuó: – Vete.

El amante fantasma balanceó su cabeza de ectoplasma y obedeció la orden de la mujer con quien compartió las tardes y la cama durante un tiempo considerable de su pos-vida.

En aquella misma tarde, ella le pidió al marido que convenciera al padre de la parroquia del barrio a rezar una misa dentro de la casa, con el altar montado justo en medio de la sala. – Porque nunca se sabe quién vivió por aquí antes que uno.

Fernanda Mellvee nasceu na cidade de Porto Alegre, no ano de 1985. A autora é graduada em Letras e mestre em Teoria, crítica e comparatismo (UFRGS). Em 2014, venceu o 2º Concurso de Contos da Feira do Livro de Santo Ângelo-RS. Seu primeiro romance, Amarga neblina, foi finalista da 2ª edição do Prêmio Kindle de Literatura, em 2017. Possui contos e poemas publicados em antologias e, atualmente, se dedica também à tradução de obras literárias.

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