TESTAMENTO DO PEIXE (Gaston Baquero), por Mariana Machado de Freitas

Eu te amo, cidade,
ainda que somente escute o teu rumor longínquo,
embora eu seja em teu olvido uma invisível ilha,
porque murmuras, tremes e me esqueces
Eu te amo, cidade.

Eu te amo, cidade,
nas horas em que a chuva nasce súbita em tua fronte
ameaçando dissolver teu rosto numeroso,
quando até no cristal silente em que resido
as estrelas aspergem sua esperança,
quando sei que padeces,
quando teu riso fantasmal dissipa em meus ouvidos,
quando ardente é minha pele em tua lembrança,
quando recordas, negas, ressurges, pereces,
eu te amo, cidade.

Eu te amo, cidade,
quando reclinas, lívida e extática,
na sepultura efêmera da noite,
ao revoar das pálpebras fugazes
ante o fervor castíssimo,
quando deixas que o sol se precipite
como um lago de abelhas silenciosas,
como um rosto inocente de pomelo,
como o menino assente e estende a testa ao beijo.

Eu te amo, cidade,
porque te vejo e longe estás da morte,
porque a sinistra passa enquanto a miras,
com teus olhos de peixe, a reluzente
fresca face de um peixe que se augura livre;
porque a morte avizinha-se, e tu sentes
como move seus dedos invisíveis,
como arrebata e inquire, como morde,
e tu a espreitas e ouves e a desdenhas,
vestes a morte com capuzes pétreos,
revestes de cidade, a desfiguras
dando-lhe o rosto múltiplo que tens,
encobrindo-a de igreja, praça ou mausoléu,
deixando-a quieta, imóvel, sob o rio,
a sentir-se uma ponte milenar,
a tornando de pedra, a tornando de noite,
a tornando cidade enamorada; e a desprezas,
a vences, a reclinas,
como um cão vira-latas dissecado,
ou o cajado de um morto,
ou as palavras mortas por algum defunto.

Eu te amo, cidade,
porquanto a morte nunca te abandona,
porque te segue o débil cão da morte,
e te deixas lamber dos pés ao rosto,
porque a funesta é quem te enreda o sonho,
concebe-te o noturno em suas vísceras,
faz calar teus ruídos, fingindo que cochilas,
e tu a vês crescer em tuas entranhas,
passeando em teus jardins com olhos de beladona,
com lábios amorosos e astros pela boca,
e escutas como rói e como lambe,
como de pronto arranca-te algum filho,
arranca-te uma flor, arrasa-te um jardim,
golpea-te nos olhos, e tu a miras
mostrando-lhe um sorriso indiferente,
deixando-a que delire em seu império,
sonhando ser teu nome e teu destino,
Porém, és tu, cidade, a cor do mundo,
és tu que fazes com que a morte exista;
a morte é, nas mãos tuas, prisioneira,
ela é tua alvenaria, tuas vias, teu céu.

Eu sou um peixe, um eco de sepulcro,
pelo meu corpo a morte se aproxima
dos outros seres ternos, ressoando,
e agora a sinto em mim, incorporada,
ante os teus olhos e ante o teu olvido, cidade, estou partindo,
estou virando um peixe em forma indestrutível,
estou ficando à parte com minha alma,
eu sinto como a morte fita-me insistente,
como já teve início a sua viagem por meu cerne,
como habita em meus cantos mais silentes,
enquanto tu descansas, cidade, enquanto esqueces.

Eu não quero morrer, cidade, eu sou tua sombra,
eu sou quem vela o rastro de teu sonho;
sou quem conduz a luz até tuas portas,
quem vela o teu dormir, quem te desperta;
eu sou um peixe, fui menino e nuvem,
por tuas ruas, cidade, fui gerânio,
debaixo de algum céu, fui doce chuva,
de pronto, a neve pura, a limpa lã, riso de dama,
sombrinha, fruta, estrépito, silêncio,
a alvorada, o crepúsculo, o impossível,
o fruto que matura, o brilho de uma lâmina;
eu sou um peixe que anjo tenha sido,
céu, paraíso, escala, estrondo,
o saltério, a guitarra, a flauta doce,
a carnadura, a ossada, a esperança,
o tambor e a tumba.
Eu te amo, cidade,
quando persistes,
quando a morte cansada há de sentar-se
como um ébrio gigante a contemplar-te,
porque exaltas sem paz a cada instante
a tudo o que ela assola com seus olhos,
se um pequenino morre, o eternizas,
se um rouxinol perece, tu chilreias,
e sempre estás, cidade, ensimesmada,
criando-te a eterna semelhança,
desdenhando da morte,
cortando-lhe o alento com teu riso,
colocando-a de costas contra o muro,
inventando-lhe o mar, os céus, os ruídos,
contrariando a morte em tua estrutura
de impalpável tecido e de esperança.

Quisera que amanhã, entre as tuas vias,
eu fosse qualquer sombra, pedra, estrela,
singrando a superfície dura, o mar ao longe,
deixando-o aos seus reflexos morituros,
onde nada recorda a tua existência,
e dissolver-me em ti, cidade amada,
aninhado em teus braços, recolhido,
eterno peixe de olhos sempre eternos,
sentindo-te passar por minha mirada,
e perder-me algum dia feito nuvem e pranto,
contemplando, cidade, do teu céu humilde e único,
tua sombra gigantesca trabalhando,
no sonho e na vigília,
no outono e no inverno,
em meio à primavera, em verde relva,
pela extensão radiante do verão,
na melodiosa pátria de seus frutos,
pelas luzes do sol e pelas sombras, que vagam pelos muros,
trabalhando febril e contra a morte,
triunfando, cidade, renascendo, cidade, em cada tempo,
com teus peixes dourados, teus filhos e estrelas.

Testamento del pez

Yo te amo, ciudad,
aunque sólo escucho de ti el lejano rumor,
aunque soy en tu olvido una isla invisible,
porque resuenas y tiemblas y me olvidas,
yo te amo, ciudad.

Yo te amo, ciudad,
cuando la lluvia nace súbita en tu cabeza
amenazando disolverte el rostro numeroso,
cuando hasta el silente cristal en que resido
las estrellas arrojan su esperanza,
cuando sé que padeces,
cuando tu risa espectral se deshace en mis oídos,
cuando mi piel te arde en la memoria,
cuando recuerdas, niegas, resucitas, pereces,
yo te amo, ciudad.

Yo te amo, ciudad,
cuando desciendes lívida y extática
en el sepulcro breve de la noche,
cuando alzas los párpados fugaces
ante el fervor castísimo,
cuando dejas que el sol se precipite
como un río de abejas silenciosas,
como un rostro inocente de manzana,
como un niño que dice acepto y pone su mejilla.

Yo te amo, ciudad,
porque te veo lejos de la muerte,
porque la muerte pasa y tú la miras
con tus ojos de pez, con tu radiante
rostro de un pez que se presiente libre;
porque la muerte llega y tú la sientes
cómo mueve sus manos invisibles,
cómo arrebata y pide, cómo muerde
y tú la miras, la oyes sin moverte, la desdeñas,
vistes la muerte de ropajes pétreos,
la vistes de ciudad, la desfiguras
dándole el rostro múltiple que tienes,
vistiéndola de iglesia, de plaza o cementerio,
haciéndola quedarse inmóvil bajo el río,
haciéndola sentirse un puente milenario,
volviéndola de piedra, volviéndola de noche,
volviéndola ciudad enamorada, y la desdeñas,
la vences, la reclinas,
como si fuese un perro disecado,
o el bastón de un difunto,
o las palabras muertas por un difunto.

Yo te amo, ciudad,
porque la muerte nunca te abandona,
porque te sigue el perro de la muerte
y te dejas lamer desde los pies al rostro,
porque la muerte es quien te hace el sueño,
te inventa lo nocturno en sus entrañas,
hace callar los ruidos fingiendo que dormitas,
y tú la vez crecer en tus entrañas,
pasearse en tus jardines con sus ojos color de amapola,
con su boca amorosa, su luz de estrella en los labios,
la escuchas cómo roe y cómo lame,
cómo de pronto te arrebata un hijo,
te arrebata una flor, te destruye un jardín,
y te golpea los ojos y la miras
sacando tu sonrisa indiferente,
dejándola que sueñe con su imperio,
soñándose tu nombre y tu destino,
Pero eres tú, ciudad, color del mundo,
tú eres quien haces que la muerte exista;
la muerte está en tus manos prisionera,
es tus casas de piedra, es tus calles, tu cielo.

Yo soy un pez, un eco de la muerte,
en mi cuerpo la muerte se aproxima
hacia los seres tiernos resonando,
y ahora la siento en mí incorporada,
ante tus ojos, ante tu olvido, ciudad, estoy muriendo,
me estoy volviendo un pez de forma indestructible,
me estoy quedando a solas con mi alma,
siento cómo la muerte me mira fijamente,
cómo ha iniciado un viaje extraño por mi alma,
cómo habita mi estancia más callada,
mientras descansas, ciudad, mientras olvidas.

Yo no quiero morir, ciudad, yo soy tu sombra,
yo soy quien vela el trazo de tu sueño,
quien conduce la luz hasta tus puertas,
quien vela tu dormir, quien te despierta;
yo soy un pez, he sido niño y nube,
por tus calles, ciudad, yo fui geranio,
bajo algún cielo fui la dulce lluvia,
luego la nieve pura, limpia lana, sonrisa de mujer,
sombrero, fruta, estrépito, silencio,
la aurora, lo nocturno, lo imposible,
el fruto que madura, el brillo de una espada,
yo soy un pez, ángel he sido,
cielo, paraíso, escala, estruendo,
el salterio, la flauta, la guitarra,
la carne, el esqueleto, la esperanza,
el tambor y la tumba.

Yo te amo, ciudad,
cuando persistes,
cuando la muerte tiene que sentarse
como un gigante ebrio a contemplarte,
porque alzas sin paz en cada instante
todo lo que destruye con sus ojos,
porque si un niño muere lo eternizas,
si un ruiseñor perece tú resuenas,
y siempre estás, ciudad, ensimismada,
creándote la eterna semejanza,
desdeñando la muerte,
cortándole el aliento con tu risa,
poniéndola de espalda contra un muro,
inventándote el mar, los cielos, los sonidos,
oponiendo a la muerte tu estructura
de impalpable tejido y de esperanza.

Quisiera ser mañana entre tus calles
una sombra cualquiera, un objeto, una estrella,
navegarte la dura superficie dejando el mar,
dejarlo con su espejo de formas moribundas,
donde nada recuerda tu existencia,
y perderme hacia ti, ciudad amada,
quedándome en tus manos recogido,
eterno pez, ojos eternos,
sintiéndote pasar por mi mirada
y perderme algún día dándome en nube y llanto,
contemplando, ciudad, desde tu cielo único y humilde
tu sombra gigantesca laborando,
en sueño y en vigilia,
en otoño, en invierno,
en medio de la verde primavera,
en la extensión radiante del verano,
en la patria sonora de los frutos,
en las luces del sol, en las sombras viajeras por los muros,
laborando febril contra la muerte,
venciéndola, ciudad, renaciendo, ciudad, en cada instante,
en tus peces de oro, tus hijos, tus estrellas.

Mariana Machado de Freitas nasceu em Pelotas (RS). Poeta, mestre em Poéticas Visuais (UFRGS), bacharel e licenciada em Artes Visuais (UFSM). Autora de Cães e astromélias, no prelo.

POESIA

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